Para una historia de la práctica historiográfica, el desarrollo tecnológico y la brecha entre el norte y el sur globales. Una lectura política
Historiador

(El Colegio de Michoacán, A.C. - Centro de Estudios Históricos - Mexico)

La lectura del reciente libro de Adam Crymble, hecha desde algún país del Sur global, es una invitación a tomar una postura política –si es que aún uno no la tiene– respecto a nuestras prácticas académicas en la era digital y en nuestros propios contextos. La consciencia que surge –o se afianza– de las grandes diferencias entre una realidad y otra, donde los factores que hacen a esos contrastes pasan de las brechas económicas y tecnológicas hasta la pluriculturalidad en un tiempo poscolonial, invita a generar historias de las experiencias locales en un contexto global interconectado de las relaciones entre nuestras prácticas académicas –en este caso historiográficas–, el acceso a la tecnología y su uso, así como la inevitable exasperación y pérdida de rumbo que el “desorden digital” –parafraseando a Anaclet Pons– causa en nuestras comunidades.

Adam Crymble, Technology and the historian: transformations in the digital age, Topics in the digital humanities, Urbana, University of Illinois Press, 2021.

Adam Crymble, Technology and the historian: transformations in the digital age. Topics in the digital humanities, Urbana, University of Illinois Press, 2021.

Así como se habla desde hace tiempo de unas “humanidades digitales” en contextos disciplinares bastante amplios e –incluso– confusos, entre las comunidades dedicadas a la historia de tres países anglosajones –Estados Unidos, Reino Unido y Canadá–, desde los años finales del siglo XX y la primera década del 2000 algunas personas de peso en esas academias comenzaron a utilizar el término de “historia digital” para referirse a actividades que hacían unos “historiadores digitales” como Roy Rosenzweig o Dan Cohen. Sin embargo, tal y como sucede por lo general con el término “humanidades digitales”, el de “historia digital” hace referencia a una diversidad heterogénea de prácticas y aproximaciones a cuestiones que si bien están relacionadas con la práctica historiográfica en el contexto del giro digital, tras una crítica epistemológica, resulta un término contingente. Se comienza a hablar de historia digital en el contexto histórico particular que significó la intensa digitalización de la vida cotidiana, y por ende de la académica universitaria, con la popularización de las computadoras personales (1980s), el uso público y cada vez más extendido de Internet (1990s) además del continuado proceso de desarrollo tecnológico que posibilita el acceso, la interacción (web 2.0) y la casi omnipresencia de los datos digitales gracias a los dispositivos móviles.

Con el ánimo de cuestionar la validez de un término –el de “historia digital”– profusamente utilizado en un contexto histórico y local específicos, pero que no se sostiene al no tener asideros conceptuales sólidos, el libro de Crymble es una aproximación a la historia de las relaciones entre la práctica académica de la comunidad dedicada a la historia y el uso de la tecnología en tres ámbitos muy bien situados, donde la idea de una historia digital es vista como un fenómeno particular y paralelo a la emergencia de las humanidades digitales. Un acercamiento con mirada crítica por parte de un académico que, a pesar de su juventud, es uno de los referentes importantes cuando pensamos en el impulso que ha tenido el desarrollo de la difusión y aprendizaje de competencias digitales para historiadores y otras comunidades académicas en la década reciente desde la plataforma The Programming Historian.

Por lo tanto no es extraño que Technology and the historian esté tejido con una perspectiva muy distinta a la que suelen tener los libros sobre historia digital que han sido publicados en inglés durante los años recientes, pues no se pregunta qué es la historia digital, qué hace, ni se preocupa en mostrarnos cómo lo hace. Por el contrario, el libro de Crymble escudriña los múltiples procesos por los cuales la práctica historiográfica se ha valido del uso de la tecnología en general y, particularmente, de la tecnología digital entre la segunda mitad del siglo XX y el arranque del XXI. Es decir, se trata de historiar la relación entre tecnología e historiografía para comprender el cómo se llegó a hablar de “historia digital” en la primera década del siglo XXI. Y de aquí se desprende justamente uno de los argumentos centrales del libro: no hay una sola historia de la tecnología y la historiografía, sino varias; todas ellas localmente situadas. Y en esto reside buena parte del interés que despierta el libro, ya que uno termina preguntándose acerca de la historia de la propia comunidad de saber local con respecto a la tecnología y el cómo gestiona todo aquello en la era digital.

Ya el simple enunciado de este sencillo argumento clave ofrece mucha tela de donde cortar. El esfuerzo por historiar las diversas relaciones entre el desarrollo de la tecnología y el cómo su aplicación ha transformado ciertos aspectos de la práctica historiográfica en determinados espacios académicos localizados en los países anglosajones provoca que la lectura del trabajo de Crymble nos haga reflexionar desde el sur global. ¿Cómo ha sido el uso de la tecnología en nuestras academias –y sociedades– y en nuestros países? Porque el libro de Crymble es un recuento del cómo llegaron las comunidades académicas de los países angloparlantes (Estados Unidos, Canadá y el Reino Unido) a la historia digital; un aspecto que, más que un sesgo criticable en un mundo globalizado, visto desde Latinoamérica, África o buena parte de Asia hace, por fuerza insisto, que la nuestra sea una lectura política. El desarrollo y uso de la tecnología en la práctica historiográfica han sido muy distintos no sólo entre las academias de los países anglosajones –como bien demuestra Crymble–, sino entre estos y las realidades de otras latitudes. Y esto no es solamente por un asunto de tradiciones e intereses historiográficos, que muy bien se pueden seguir en el análisis de Crymble acerca de las academias estadounidenses, canadienses y británicas, sino por un abanico de situaciones. Situaciones  que van desde la dependencia tecnológica de los países que son consumidores pasivos de tecnología hasta el planteamiento y desarrollo de políticas públicas culturales relacionadas con problemas tan variados como la educación para el aprovechamiento tecnológico desde los niveles de educación básica o la conservación del patrimonio y la memoria histórica. Eso que muchas veces se ha definido como la brecha digital (digital divide), visto desde el campo particular de la práctica historiográfica, es una realidad mucho más compleja de lo que pensamos y percibimos a simple vista.

Para construir la historia de la relación entre tecnología e historiografía y de la acción transformadora que la primera ha tenido sobre la segunda, Crymble abandona la vía fácil del relato lineal. Por el contrario, decidió enfocar sus argumentos en caracterizar las distintas maneras en las que la tecnología se ha insertado en diversos campos o áreas de actividad historiográfica, lo cual le permitió armar el conjunto de capítulos que constituyen el libro de manera un tanto independiente uno de otro y que bien se pueden leer por separado. Cabe aquí consignar que lo anterior es un acierto ya que permite enfatizar una estrategia narrativa que precisamente evita que el lector conciba la historia de la aparición de la historia digital como un fenómeno perfecta o naturalmente articulado en todos sus aspectos. Por el contrario, al optar por esta maniobra argumental fragmentada, Crymble muestra a su vez lo fragmentario y aleatorio que han sido los procesos de apropiación de las variadas metodologías, técnicas y herramientas tecnológicas en la práctica historiográfica. De tal manera, más que un proceso racional instrumental, el nacimiento de la historia digital resulta aquí descrito como contingente en función de una serie de espacios diferenciados. Estos espacios de la práctica historiográfica que ha sido tocada por la tecnología están divididos en rubros que abordan la propia investigación histórica, el estado de los archivos, el ámbito del aula y la docencia, el ecosistema de auto aprendizaje y los canales de comunicación académica, los cuales conforman el núcleo de cada uno de los capítulos.

En el primer capítulo, Crymble discute el mito de los orígenes de la historia digital, ese demonio que persigue a quienes pretenden dar cuenta del nacimiento de cualquier fenómeno histórico económico, social y cultural que se nos presente para su análisis. Quienes han escrito desde una postura cercana al discurso de las humanidades digitales consideran que el proyecto lingüístico de lematización de la obra de Santo Tomás, del padre Roberto Busa JS a finales de la década de 1940, es el trabajo pionero que prefiguró el desarrollo de la historia digital. Sin embargo, este capítulo le sirve a Crymble para historiar la manera en la que los historiadores utilizaron la tecnología computacional en la investigación durante décadas. Tomando como ejemplo central el libro de Frank Owsley, Plain Flok of the South (1949), reconstruye la historia de cómo las computadoras –a veces como meras calculadoras– apoyaron el desarrollo de la historia cuantitativa serial en los países anglosajones. Conocida como new economic history, econometrics, cliometrics, social science history, o history and computing, la historia cuantitativa tuvo una vida muy productiva entre la década de 1940 y el arranque del siglo XXI. De tal manera, si hay que rastrear el pasado del uso de las computadoras por parte de los historiadores, es necesario voltear a la historia cuantitativa más que a los orígenes de la lingüística computacional.

Sin embargo, la historia digital no surgió como una forma de dar nuevas respuestas a las preguntas de investigación clásicas de la historiografía, sino como reacción al vertiginoso desarrollo de la tecnología digital de finales del siglo XX y principios del XXI, que dio paso al uso masivo de las computadoras personales, la digitalización de las fuentes de información, la conectividad gracias a Internet y la interacción a distancia con la Web 2.0. “¿Qué hacemos con un millón de libros digitalizados?” –se preguntaría Gregory Crane en 2006–, una cantidad de información imposible de ser leída por una sola persona en toda su vida pero capaz de ser “leída” y procesada por las máquinas. Es decir, la digitalización de la información puso en manos de los historiadores y del público datos sobre el pasado que no nada más eran representaciones digitales de textos, sino también de imágenes, videos y audio. Los historiadores digitales se dieron entonces a la tarea de tratar de entender de qué manera se podría procesar este tipo de información utilizando, por ejemplo, herramientas para el análisis de lenguaje natural. Fue entonces el boom del macroscopio, del big data y el modelado tópico. Pero la digitalización de la información sobre el pasado demostró pronto sus limitantes y defectos, tema del segundo capítulo. Según los procesos de obtención de la representación digital de los libros y documentos históricos, estos podrían contener hasta 145 errores por párrafo de texto lo que imposibilita cualquier tipo de análisis computarizado fiable. Surge entonces la preocupación no ya de qué hacer con un millón de libros, sino de cómo hacer para que las representaciones digitales de los acervos históricos sean adecuadas y reflejen en lo posible la naturaleza material de ese documento original al que seguramente ya no tendremos acceso después del proceso de digitalización. De tal manera que, si en los países que tuvieron una temprana digitalización masiva se estan llevando movimientos de revisión de los archivos creados, es necesario que en nuestros países, donde apenas se están llevando a cabo acciones de digitalización de acervos históricos, nos involucremos activamente con propuestas para lograr que estos nuevos “archivos intencionales” cumplan con los requisitos de ser objetos digitales que representen fehacientemente a los objetos materiales y guarden la memoria tanto de los archivos originales como de los procesos de digitalización.

Me parece que con esta aproximación a los dos primeros capítulos es más que suficiente para invitar a la lectura del libro de Crymble. Libro que refleja solamente una parte de la historia –la experiencia en los países angloparlantes–, pero que abre la invitación a conocer, describir y reflexionar sobre la experiencia desde otros contextos. Pero no solamente reflexionar acerca de cómo la digitalización de la información y el uso de la tecnología inciden en nuestro acceso, administración y conservación de los datos de investigación, sino poner manos a la obra en proyectos colaborativos y multidiscipinarios para resolver problemas de acceso tanto a la información como a la tecnología digital. Un buen ejemplo es la manera en como hemos utilizado la tecnología digital en el aula, generalmente buscando formas más atractivas y novedosas de acercar datos y contenidos al alumnado en formatos multimedia; pero también al público en general mediante la creación de colecciones y exhibiciones en línea. Sin embargo, esto debe tener en cuenta las diferencias en los sistemas educativos entre un país y otro así como el acceso a los recursos.

Otro aspecto importante es el de cómo podemos acercar a colegas y estudiantes a un aprendizaje que les permita aprovecharse de los recursos digitales para la investigacion, docencia y divulgación del conocimiento histórico, toda vez que escasean los espacios formales para la educación en competencias digitales en las curriculas universitarias y que quienes hemos incursionado en herramientas y metodologías digitales lo hemos hecho desde el aprendizaje autodidacta. La necesidad de educarnos como historiadores y humanistas en lo digital ha visto surgir el fenómeno de lo que Crymble llama “el colegio invisible”, que es posible gracias a iniciativas personales de académicos que elaboran tutoriales en sus blogs personales –como William Turkell–, hasta la conformación de equipos de trabajo en plataformas colaborativas como The Programming Historian. Esto último ha significado retos muy interesantes como, por ejemplo, la traducción de los contenidos a públicos diferentes del angloparlante y en contextos ajenos al europeo occidental deba ir aparejada de una adaptación pluricultural.

Finalmente, el libro de Crymble invita a abandonar el uso del término “historia digital”, por ser un cajón de sastre carente de coherencia, y a pasar a definir con mayor precisión cada una de las prácticas vinculadas a la tecnología que se dan en el acto de historiar en la era digital.